El Suicidio Social
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El camino de las bestias. Por Anónimo.

Doctor Gálvez, Ciudad Universitaria, Centro Cultural. Me paré de mi asiento, esperé sólo un poco y el movimiento de vaivén que provocó el frenado me indicó la llegada. Salí del camión. Una señora encargada de la limpieza parecía ser mi única compañera en el andén. Guardó algunas cosas en su locker mientras yo seguí mi camino. Vi el reloj. Eran las seis y media de la mañana.

«Tal vez platique con alguien del salón en lo que espero la clase. Debo organizar mis trabajos en equipo, entregar mis tareas atrasadas y participar más en historia.» Todos estos pensamientos cruzaban mi mente como liebres al pastizal.

Subí las escaleras que se encontraban al final del andén. Éstas conducían hacia un puente que conectaba al metrobús con la Universidad. Estaba formado por dos rampas que se cruzaban formando un zigzag. En medio, el susurro de los coches que transitaban en Insurgentes me recordaba que seguía en la ciudad, selva salvaje domada por la soledad y el silencio del puente.

Cemento y barandal. Ni una sola persona a lado mío. Sólo me quedaba el recuerdo de aquella trabajadora en el andén. Volteé para atrás y nada. Delante de mí, nadie. Pronto llegaría a la escuela y tendría que seguir con los planes del día.

Iba en el último tramo del puente. No más zigzag. Sólo diez metros rectos, sólo una última rampa.

     ¡Dame todo lo que tengas!  —

Un brazo cruzó sobre mi cuello. Detrás, un cuerpo sorprendió al mío. Inmediato a la orden y a mi sorpresa vi de reojo un pedazo de rostro y una capucha de sudadera enfurecida que me gritaba, de la cual un cuerpo obeso se escondía.

Me aventó con fuerza. Tiró de mi cuello con ese brazo tosco, con esa figura robusta. Tiró de mi cuello y caí al suelo.

     ¡Claro que te doy mis cosas!— Pensé o dije, no recuerdo.

Yacía boca arriba sobre el cemento. Todo fue muy rápido. Llegó, me gritó y me azotó. Enseguida me tomó de los brazos con esa fuerza que no espera, esa fuerza de quien no ama y no conoce lo que toca, y me volteó boca abajo.

El golpe y el desconcierto me impidieron que hablara. No recuerdo otra cosa más que mi quietud. Mi cuerpo menudo sobre el puente. Mi imposibilidad de quitarlo de encima. Mi inmovilidad.

Comenzó a tocar mis bolsillos traseros como buscando algo.

«Yo nunca guardo cosas ahí» Pensé.

Él me seguía tocando. Los segundos se alargaron. El vacío del lugar se hizo agudo. La noche no cedía para que el día lo reemplazara. ¿Por qué me había golpeado? Yo le iba a dar mis cosas. ¿Por qué no paraba de tocarme si no había nada en mis bolsillos?

Sentí cómo mi pantalón se recorrió de mi piel. Sus manos tiraron un poco de él. Mi piel, unos centímetros de ella, estaba expuesta como carnada para león.

«Por favor que termine. Por favor, sólo quiero ir a la escuela.» Pensaba.

¿Qué más podía hacer? Tenía una bestia feroz encima de mí. Dicen que cuando te ataca un oso lo primero que debes hacer es quedarte quieto. Sólo así el oso piensa que estás muerto y se va. Sólo fingir muerte, ser inmóvil, esperar a que se vaya.

Su mano o mi fuerza, tal vez una mezcla de ambos, jaló de mi brazo para que me incorporara. Sin saber qué hacer y aturdida por el golpe pensé que me dejaría ir, que todo había acabado.

—¡Dame tu celular y todo lo de valor!—

Estábamos frente a frente. Parados a treinta centímetros de distancia. Él era un hombre alto, como de un metro con setenta. Ancho, obeso, macizo en términos locales. Sus ojos, mis ojos, nuestros ojos mirándose.

—¡Ya te dije que todo está en mi mochila!— Grité enérgicamente sin mover mi mirada de la suya. Más que un grito fue un rugido, un golpe de palabras que utilizó mis manos como signos de admiración. Le extendí mi mochila para que se fuera tal como tirándole lejos un pedazo de carne a un lobo, porque en ese momento el era eso: un animal.

—¡Pues vete y si volteas te doy un tiro corto! —

Me volteé y comencé a caminar. Mis pasos iban pesados. Como si hubiera estado en un lago con lodo y éste se hubiera secado.

—Ya pasó. Estás bien. Ya pasó— Me repetía yo misma en voz alta.

En ningún momento quise voltear. Tuve miedo de que me siguiera viendo. Mis pasos pretendían no alertar la furia de la bestia de casi treinta años que me había quitado la paz.

Llegué a la parada del pumabús. Sólo había una joven esperando el camión. Yo seguía repitiéndome “ya pasó”, pero ahora sólo en mi mente. Toqué el botón de emergencia pero al parecer no servía.

—Me acaban de asaltar— le dije con un sismo en la voz mientras trataba de sentarme en los asientos de la estación.

—¿Y estás bien?— dijo ella.

—Creo que sí, me duele la cabeza. Me golpeó muy fuerte. —

—Ahorita llega el camión y si quieres te doy dinero para que te regreses a tu casa. —

Llegó el camión. Me subí con un poco de dificultad.

—Me acaban de asaltar— le dije al chofer.

— ¿Quieres que te lleve a vigilancia?

—Sí, por favor. — Le dije mientras las miradas de dolor y pena de dos personas se me unían.

El chofer paró el camión. Me tomé de su brazo y me ayudó a cruzar la calle. Una cabina en el medio de la nada me recibió. Ocho personas me rodearon. Una me ofreció asiento en lo que otra llamó a los paramédicos.

—Sí.. la violencia está muy fuerte. Pero estás bien, ya estás aquí— dijo una señora cerca de mí.

Pasaron varios minutos, ellos sólo me miraban.

—¿Alguien me puede prestar un celular para llamarle a mi familia?—les dije.

— Sí, ten. — El jefe de vigilancia me extendió un celular moderno, de esos que tienen de todo.

Nadie contestaba en mi casa. Decidí dejarles un mensaje. Respiré profundo y fingí la voz más tranquila que pude.

—Mamá, soy yo. Estoy bien. Me acaban de asaltar pero ya estoy con los de vigilancia UNAM. Te llamo cuando pueda. —

Pasaron más minutos. Las mismas caras de simios seguían sobre mí como si vieran un animal golpeado, un objeto extraño, algo que les causara mucho misterio. Comenzaron a hacerme preguntas y consejos incómodos.

—¿A dónde ibas? ¿Ibas sola? Ya ves, ya no vayas sola. —

—Oigan— interrumpí. — ¿De casualidad no piensan mandar a alguien para que vigile si sigue ahí el que me asaltó?—

—¡Uy! Es que te tocó el cambio de turno. No hay nadie para que vaya. — Me respondió el encargado y las otras siete miradas se ocultaron de mi rostro.

Les pedí una pluma y un papel. Comencé a escribir y en eso llegó la ambulancia. Llegamos al centro médico de la Universidad. Un doctor, quien tomó mis lesiones como algo cotidiano, me atendió. Pasé a que me hicieran rayos X del cráneo y ya en el laboratorio una mujer, cuya voz acariciaba como brisa de cascada, me dijo: —No te muevas pequeña.— Al escuchar sus palabras lancé un sollozo, la melancolía inundó mis ojos y tres pequeñas gotas escaparon esperando encontrar en esa voz el encuentro humano que hacía varias horas no tenía.

—Es normal que vengan heridos por asalto. Incluso llegan muchos casos de jovencitas violadas. Te recomiendo que vayas a la  escuela y tal vez ahí se te quite el susto. — Dijo el médico.

Mis compañeros, mis tareas, las clases que no pude tomar. Todos esos planes que de un minuto al otro se perdieron ahora parecían lo más importante que no había podido hacer. De pronto, se acercó una mujer. Su cuerpo transmitía los efectos de la rutina: cabello corto y un tinte rubio rugoso, maquillaje que pretendía esconder ojeras, frustración e indiferencia; lentes cuadrados que ocultaban esperanzas y cariño.

—Soy la abogada de la unidad jurídica de la UNAM. Tienes posibilidad de denunciar lo que te ha sucedido, pero si no quieres no hay problema. ¿Quieres hacerlo? — dijo mientras se acercaba a mí con una papeleta.

Accedí. Nos subimos en una patrulla de la universidad. Otra vez estaba sola junto a algo parecido a personas. Metrobús, ambulancia y ahora en una patrulla.

—¿Saben?— Les dije. —Tal vez a ustedes les pasa como a los doctores. Ellos como ven tanta sangre ya no sienten nada cuando a alguien le pasa algo. Así, como ustedes ven tantos casos sólo ven eso, casos. — Les hablé a la abogada y al chofer el cual me respondió de inmediato. —A mí sí me duele que pasen estas cosas. Tengo una hija de tu edad y no me gustaría que algo le pasara.—

Llegamos a una nueva jaula. Animales en traje de aquí para allá. La jefe en investigación vestida, de tacones a cabeza, con los colores del jaguar.

—Buenos días licenciada.— Se dirigían todos hacia la abogada de la UNAM. Parecía que poco a poco mi figura se desvanecía. Un camuflaje humano me hacía invisible y ahora yo pasaba a ser parte del entorno. Entre papeles, sillas de plástico y muebles de oficina mi ser no merecía mirada alguna, era demasiado común.

Pasaron dos horas. Horas lentas, horas en las que mi abogada disfrutaba del internet de su celular mientras yo trataba de imaginar a mi familia, a mis amigos aburridos en clase y lo que haría al salir de ahí.

—Podrías comparar la insensibilidad del asaltante con todos los que te atendieron hoy, sólo que ellos se creen buenos, se creen humanos. — Al terminar de decir esa frase, mi hermana destrozó el disfraz de prudente y cientos de lágrimas corrieron a abrazarme. 

Guía para la efectiva evasión

Cuando me preguntan algo personal que me duele responder recurro a sencillas maniobras de distracción para entretener su mentes adormecedoramente prácticas y así, librarme de su abominable lástima y/o de la confrontación conmigo misma. Éstas son las siguientes:

 

1.- Oprimo en mi mente el botón de emergencia que activa inmediatamente un absurdo. Por ejemplo:

“-¿Por qué cortaste con tu novio?

-¡Ukulele!- canta y baila mientras se quita los zapatos y hace malabares con ellos.”

 No es muy recomendable  ya que las personas de genialidad moderada pueden concluir que estás evadiendo. Algunos insistirán en el tema tomando la evasiva como una señal de alarma ante una posible depresión mayor, queriéndose hacer los héroes en su papel de psicólogos gratuitos (vulgarmente llamados “amigos”);   y te sacarán a puntapiés la dolorosa verdad creyendo ser de ayuda, cuando en realidad lo hacen por morbo y vanidad propia, queriendo ser los únicos poseedores del secreto de tal índole.  Otros entenderán que no se está emocionalmente preparado para la confrontación y dejarán el tema de lado, sabios y solidarios.

2.- La siguiente opción es más funcional: saco la carta de la retórica haciendo uso de mi grandilocuencia, analizando y cuestionando cada concepto formulado en la pregunta, rayando en el rebuscamiento; creando estructuras lógicas de apariencia complicada más no necesariamente verdaderas. Critico la gramática sugiriendo algunos cursos de redacción, incluso me llego a ofrecer de voluntaria para ese proyecto. Pido una aclaración absoluta, por ende imposible, de lo que desean saber. Esta táctica termina cambiando el talante de la conversación a uno más filosófico y cuando la persona empieza con este tipo de cuestionamientos, de los que es angustiosamente difícil salir, quedo contenta con mi pomposa escabullida.  

3.- Esta maniobra es más bien teórica, sí teórica. Me preguntan sobre la enfermedad con la que lidia tal o cual familiar y yo saco de las más recónditas cavidades creativas de mi mente una teoría enmarañada que relaciona el tema en cuestión, en este caso la enfermedad, con alguna otra cosa de la vida mucho más fútil: “Tengo una teoría de que la enfermedad es como un jugo de naranja a la que pones berenjena  y todo el color cambia pero sigue sabiendo, aunque en menor medida, a naranja; claro está que no es lo mismo el color que el sabor… quizá con un ligero toque de sandía. ¿Te gusta la sandía?” No tiene que tener mucha lógica, con que esté enredado basta para aturdir y correr, ¡aturdir y correr!

4.- La vuelta en U en el doble sentido: Pongo en evidencia la ambigüedad de su frase, en caso de que la haya (casi siempre la hay). El maravilloso lenguaje de doble, triple y múltiple sentido, en innumerables ocasiones, da la posibilidad de entender lo que me venga en gana, de escoger el contexto que prefiera, de usar los términos en la acepción que me convenga. Si hay ambigüedad será usada indudablemente en mi favor. Por ejemplo, si alguien pregunta “¿Por qué traes encendedor?” sabiendo que ha asumido que es una característica propia de fumadores, pero se intenta mantener el hábito en secreto se responde lo siguiente: “Pues porque no sé prender fuego con dos varitas de madera y además resulta muy tardado. Viviendo en una ciudad como ésta es casi imposible encontrar en todo momento dicha madera. Es más práctico y funcional llevar encendedor.”

(Quisiera anotar que, en el último ejemplo así como en muchas otras situaciones, si ya existió la pregunta es porque se sospecha la respuesta, pero hay que recordar que el objetivo es la negación, la ciega e insana pero confortable negación. )

5.- La desindividualización de lo referido: al preguntarme por el dilema contextualizado dentro de mi exclusiva vida, es decir, referido a mi persona en particular, recuerdo que hay billones de individuos en el mundo que podrían estar experimentando lo mismo por lo que generalizo el tema  sacándome bien librada de la ecuación. “Jamás entenderemos el amor.”

6.- Y por último, mi estrategia más arriesgada: Respondo abiertamente con la verdad palpitante en mis arrojadas palabras, tan intempestiva, tan inusualmente grácil y con una ligereza de espíritu, por completo discordante con el tema sobrecogedor, que las personas creen que es una mera sátira intencionada; aplauden mi brillante humor negro y al ser la atmósfera inundada por una naturaleza amena, cambian en seguida la temática de la conversación. 

Al paso del tiempo me he vuelto muy buena evadiendo temas pesados, incómodos o dolorosos al punto de que las personas que me rodean ya no los tocan conmigo, no sé si porque se han dado cuenta que tengo problemas con la confrontación o los he exitosamente condicionado. Algún día tendré que dejar de reprimir mis traumas y desahogarme con algún psicólogo gratuito, pero en fin, ¡Ukulele!

 

  

 ADVERTENCIA: SEGUIR ESTE MANUAL PUEDE SER NOCIVO PARA EL USUARIO. SE RECOMIENDA HACER COMPLETAMENTE LO CONTRARIO SI SE BUSCA ESTABILIDAD Y PAZ EMOCIONAL.

Texto y foto por @G_Rain_ 

El cuervo que alguna vez me amó. Por Emiliano Villalba.

Estuve aquí parado esperando la nada y el cuervo voló hacia mis hombros anunciando la liberación de mi ser. ¿Ser libre es atarse a un ser? pregunté al cuervo que sostenía un ramo de lilas. El cuervo me miró desde mi hombro y soltó una lágrima. Bajó el pico, yo subí la mano y puso las pequeñas flores azules en mi palma. Emprendió el vuelo a no sé dónde y desapareció entre las nubes desgarradas, formadas por el soplar del viento.

Emprendí mi camino, ahí estaba yo ahora pensando en la nada. Las piedras hacían que mis pies tropezaran con facilidad, el camino que estaba atravesando parecía no tener fin: un gran sendero de piedras cafés como el mole, el pasto amarillo con algunas formaciones verdes y por supuesto, alguno que otro árbol que movía sus ramas sin distinción alguna de que le importase la vida, su vida.

Seguía mi camino buscando una respuesta. Las lilas azules en mi mano empezaron a llorar, sus pétalos dejaron un camino que después podría ayudar a regresar de donde estaba y seguir  esperando la nada. Mis pies estaban adoloridos, mis ojos cansados, mi espalda quejosa y había un silencio tan grande que mis oídos no podían soportar.

Paré mi caminar para admirar a unos ruiseñores que cantaban y empezaban el cortejo, no quise volver a recordar lo vivido, no quise sentir lo que había sentido; sin embargo los pájaros melancólicos insistieron que yo lo hiciera. Parecería que todo esto fuese planeado por un sinvergüenza que le gustaba verme sufrir.

El cuervo volvió tan imponente como de costumbre y esta vez en lugar de lilas llevaba flores de liquen atoradas en sus patas, alguien las había mandado para mí. Sonreí, entendí que el cuervo también lo hizo y volví  a poner en mi mano el pequeño montón de flores grises.

Ahora tenía dos ramos en mis manos: en la izquierda flores de liquen y en la derecha las pocas lilas azules que no quisieron llorar.

Estuve caminando por muchas horas, no sé cuantas. Preguntándome cosas, reflexionando otras y rechazando algunas más. Mi mente ya no soportaba el vacío que ahora cargaba y que no me dejaba respirar bien. ¿Será que algún día pueda respirar bien? En el camino encontré muchos animales: un gato escocés (por la forma de su pelaje); un conejo con cuerpo blanco y patas negras y un zorro trataba de cazar a un desafortunado ratón quién corría por los montículos de tierra cerca de las flores amarillas que, refugiaban a una diminuta pero grande mantis religiosa. Cuando pasé junto a ella, hizo una reverencia, quizá fue por el reconocimiento a todo lo que te lloré algún día.

El cuervo seguía en mis hombros. El cuervo pensó que estando conmigo me sentiría mejor y no pensó mal, porque me sentía cómodo con él, me sentía acompañado, no sentía soledad.

El sol se empezaba a ocultar. El racimo de flores de liquen estaba marchito y las lilas azules solo tenían tallos. Yo llegué a la nada, a la nada de una vida recorrida, a la nada de ir preguntando y obteniendo pocas respuestas. Podía sentir la vejes en mis párpados en mis caderas, en mi espalda y en mis manos.

La noche se asomaba y pedía permiso para que yo me fuera a dormir, así que me aparté del camino de piedras,  con la luz nocturnal se veían de un azul muy obscuro, me quité los zapatos, enrollé mis calcetines y sentí la humedad del pasto verde-amarillo entre mis dedos largos y fríos.

Me senté  y luego me acosté. El cuervo había dejado mis hombros y regresó a los pocos minutos para llevarme rosas amarillas, rosas chinas blancas, rosas de Alejandría, hojas de sauce y pocas flores de amapola. El cuervo inició un ritual sobre mí: colocó sus patas en el pasto y empezó a caminar en círculos invocando a la muerte; después, puso  algunas hojas de sáuce a mi alrededor.

El cuervo se colocó en mi cabeza y empezó a llorar.

La noche llegó y con ella llegó el sueño infinito que me llevó lejos del cuervo que alguna vez me amó.

Ayuda para los gatitos del Parque Papagayo.

unversosuicida:

“Para Gatos Olvidados AC está claro: intentaremos por todos los medios legales ayudar a los gatos del estado de Guerrero, en donde sus animales sufren día a día el infierno de habitar en un mundo controlado por seres antropocéntricos.

Además, queremos llevar medicamento a los Gatitos del Papagayo que no nos traeremos. Si donan servirá de mucho: pipetas frontline, enrofloxacino, gentamicina, ampicilina, desparasitantes, agua inyectable, suero glucosado, gasas, algodón, vitaminas, alimento húmedo y seco de Royal Canin o Hills, etc, etc.


Para donativos en especie llamar al cel: 55 27516229
Para donativos en dinero: Claudia Vázquez Lozano, no. cuenta: 1251909614 clave: 012 180 01251909614 2 Bancomer
Vía paypal: gattos.olvidados@gmail.com
Vía oxxo: 4152 3110 1989 7668”

Para más información, consulta en Gatos Olvidados.
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Gatos Olvidados A.C. es una asociación que fue co-fundada con el escritor Carlos Monsiváis, el 4 de diciembre del año 2009.

El Círculo. Por Alejo Hernández

Una mañana cualquiera se despertó en el suelo. O se había caído de la cama, o tal nunca estuvo encima de ella. Tenía la cara hinchada por la ingesta de alcohol, la visión un tanto borrosa.  Nebulosas alrededor suyo chisporroteaban sin cesar. La mano le temblaba por los nervios agitados. Se mantuvo firme frente a su pequeña computadora y empezó a escribir. Emborronaba palabras, ensayando, para ver si podía lograr la fluidez del relato. Venían a su mente visiones de otros tiempos, de otras vidas. Machacó y machacó recuerdos perdidos y visiones claras. Todo el ejercicio servía para calmar el dolor de cabeza. Si mantenía la mente ocupada podría superar la resaca de 5 días, que era lo que lo abrumaba. Buscó y rebuscó hasta que por fin tuvo en su mente el mapa claro de lo que escribiría.

Él vivía en un cuarto de 5 por 3 metros, con un baño maloliente. Al menos, este cuarto tenía baño para él solo. Cinco días se la pasó bebiendo de todos los licores que pudo, con el fin de olvidarse de ella. Una más que se iba. Siempre pasaba lo mismo. Andando por ahí, de repente su mirada cruzaba un prospecto de pareja: la fina caída del cabello al cruzar la mano por la frente, las caderas torneadas por el escultor mas diestro, los ojos claros y expresivos, la mirada un tanto brillante un tanto triste, el cuello alargado como de cisne, y los senos como dos frutos intactos. Con maestría lanzaba algunas frases al viento para llamar la atención de la bella damisela. Después, con una plática inteligente y divertida, desdoblaba finamente los pensamientos de ella. Finalmente, ya que todo había fluido como el caudal de agua que baja de la montaña, cerraba sus ojos y dejaba que su alma tomara la decisión de si se enamorarse de ese bello prospecto. Si todo salía bien, se enredaba en un frenesí de pasión, lograba amarla con cada centímetro cúbico de su ser. Lograba penetrar hasta las entrañas más recónditas de la mujer. Dilucidaba y desenmarañaba a su amante, vislumbraba los miedos, la locura, los anhelos. Sabía, con solo besar sus labios, qué tipo de materia tocaba, y ellas se rendían ante tal descripción magnífica. Les dejaba la impresión de que él, las conocía mejor de lo que ellas mismas se conocían. Bailaban dichosos en el fragor de los cuerpos trémulos navegando en el vaivén de las caricias y los besos. Tocaban el clímax en la cúspide de una curva que parecía interminable, pero que no lo era. Y empezaba el declive en caída libre: peleas, celos, golpes, gritos. Su exacerbado alcoholismo no ayudaba en mucho. Pero él lo sabía todo, no escogía a cualquier mujer, debían estar locas, haber experimentado mil formas de amar, tenían que tener algo que brindar como ofrenda a lo que él les ofrecía. Las coronaba con su compañía y su calor, con sus besos de ternura, como los besos que da un padre amoroso. Las llevaba por un carril de montaña rusa en subida, no dejaba duda del amor que por ellas sentía, y ellas pedían más y más todo el tiempo. Hasta que venía irremediable la caída estrepitosa.

Qué vicio tenía por las mujeres de fuego, algunas escenas peligrosas se repetían en casi todas sus relaciones. En una ocasión, una de sus pasadas amantes trató de clavarle un desarmador. La mujer, perdida por los celos, tiró certero golpe hacia su abdomen; pero él alcanzó a esquivar la puñalada y sólo sintió la punzada del hierro traspasando la palma de su mano. ¡Qué peligroso le resultaba el amor!

Ella -la que se acababa de ir y por la que se embrutecía alcoholizado-, no le había causado daño físico alguno. Mas él sentía un profundo penar en su ser. Algo tenía esa mujer que lo había dejado con un hoyo en la existencia. Habría sido la indiferencia con la que lo trataba. A ella no le importaba ni García Lorca ni Whitman, ni siquiera le gustaba leer. Parecía que la poesía la traspasaba sin causar ningún efecto. Nunca había estado con un ser tan bello y tan monstruoso a la vez. A veces parecía no tener sentimientos.

Pero había algo en ella que lo hacía caer como en un una espiral borrascosa, quedando indefenso ante la mujer. Era su lenguaje corporal, el movimiento de sus manos al hablar, la infinita tristeza que se notaba en su mirada, la forma en que lo tocaba, sus movimientos circulares en la cama, parecía una víbora pasmada de placer. Él estaba hechizado por ese ángel perverso. Y ahora ese ángel se había marchado y no sabía nada de él desde hacia ocho días. La última vez que la vio, salía por la puerta del cuarto de azotea que él rentaba. Lo volteó a ver y le mandó un beso con la mano. Sin dar más explicaciones a partir de ahí, no le contestó más el teléfono. Un día trato de ir a verla a la casa donde vivía. Salió su compañera de cuarto y le dijo que se había ido sin decir nada.
-
Solo tomó sus cosas y se fue, ya sabes como es de rara- le dijo la mujer.  

Nada tenía sentido. ¿Qué era lo que había hecho para que lo dejara abandonado como un sucio perro en la calle?

El cuarto de azotea tenía una magnífica vista hacia la calle, el edificio tenía 18 pisos y, desde su cuarto, se podían ver los vaivenes en el centro de la ciudad.  Echó un vistazo hacia la ventana, y miró toda la torta de agitación. Ríos de gente cruzando las calles, las colas infinitas de tráfico vehicular; desde ese punto la ciudad parecía una maqueta animada, minúsculos puntos moviéndose en un sólo plano, como microbios vistos desde un microscopio. Tan fútil le pareció el escenario, tan sin sentido. Por fin se incorporó, bebió varios litros de agua y comió un pedazo de quesadilla rezagada de días atrás.

Tenía que entregar su relato al periódico esa misma tarde o sino perdería la única fuente de ingresos. El periódico le pagaba 1500 pesos por relato publicado. Con suerte, publicaba tres al mes.

De repente, una vez ensimismado en su escritura, el teléfono sonó. Pensó en todo menos que fuera ella. El sonido que salió del auricular entró por su trompa de Eustaquio hasta las neuronas que conectaron con su estómago; una sensación de vértigo que le acalambraba las piernas y lo dejaba un tanto sin aliento. Intercambiaron frases de cortesía, bagatelas. Pero lo importante era que había quedado en verla esa misma tarde después de entregar el relato a la redacción del periódico. Sintió cómo otra vez se inyectaban en él las fuerzas del cosmos. ¿Hasta cuándo duraría?  Eso no importaba, por ahora tenía alimento para sobrellevar ese día.

suicidasocial:

Premisa de vida: La gente es estúpida.: Sobre los hechos ocurridos por la toma de protesta de Enrique Peña Nieto:

suicidasocial:

Opinión de Felipe López Veneroni, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, sobre los hechos ocurrido el día de ayer en el Distrito Federal. Fue extraído de su cuenta de facebook por lo que el lenguaje quizá no es tan “correcto” como debería pero lo que cuenta es el contenido:

Hasta ahorita he escuchado tres versiones de los incidentes de ayer. 

1. Que se trató de provocadores profesionales, tipo Halcones, contratados desde las mazmorras del PRI para desprestigiar al Peje y a los estudiantes

2. Que fue una facción del llamado Ejército Magonista de Liberación Nacional, con el objeto de demostrarle al mundo la inconformidad social respecto de la imposición de Peña Nieto 


3. Que fue orquestado por un ala radical del PRD para desprestigiar a Mondragón y Kalp por haberse pasado al PRI.

Las tres son tan posibles como absurdas. Ya pasado el desconcierto inicial me quedo con la impresión que fue una acción bien planeada, con gente entrenada (que sabía cómo preparar y lanzar bombas Molotov y cómo manejar y operar los gases lacrimógenos que lanzaban de vuelta a la policía) y orientada a generar una imagen de caos y descontrol total: vidrios rotos, mobiliario urbano destrozado y pintas cuyas leyendas y contenidos son tan idióticos que NO pudieron haber sido hechas por ningún universitario.

No sé quién o quiénes hayan estado detrás del desmadre, pero sí me atrevo a decir que quienes organizaron y ejecutaron esto NO fueron universitarios. 

Si el intento fue generar una imagen de caos y descontrol, sólo se logró a medias. Y lo que fue muy lamentable fue la actuación de Ricardo Monreal que, sin tener confirmación de los hechos, pronunció en su discurso en la Cámara que ya había un muerto.

A nadie, a nadie pudo convenir lo que ocurrió ayer. Y en efecto: las formas reales de protesta fueron y deberán ser otras.

Expandir el corazón. Por Tetsuko Ieyaosu.

De aquí a acá y nada más, si se piensa unidimensional, concretamente real.
Mínimo tanto, máximo tanto; eso, si se piensa linealparalelamente.
Si se piensa algorítmicamente, puede tener suficientes diversas vértices para decir que son muchas; tiempo entrópico.
Si se viese, sintiese, exponencialmente, sería fractálico. Infinito. Expansivo e implosivo.

Expandir el corazón puede provocar la muerte, una y otra vez sucesivamente…

Velocidad. Por Tetsuko Ieyaosu.

Ràpido rápido ràpido
y así queremos casi todo, aunque bien sabemos lo relativo que el tiempo es.
Todos experimentamos la prisa, pero (mucho o poco) más tempranamente, la parsimonia.  Nacemos y todo es mágico, nos maravilla la más mínima simplicidad, todo es suntuoso pero todo está en calma, y nos sentimos rodeados de eternidad, nos sabemos navegantes del infinito. Pero con la domesticación viene la expectación, llega con la opinión la urgencia de exploración, crecemos en materia y el tiempo  realmente pasa más rápido a nuestro alrededor, física básica (extrañamente “obscurantizada”); y buscamos y curioseamos aquí allá, sobre todo los unos a los otros. Entonces bien podría ser esa prisa un síntoma solamente de la melancolía que nos provoca aquella falta de proyecciones, y no un anhelo de realización futura, sino renacimiento de aquel estado, de sólo SER.
Afortunadamente todos coincidimos en querer inmortalizar “ese” MOMENTO, y por momentos todos hemos sentido lograrlo, y cada quien tiene su colección (de MOMENTOS).
Parecemos pensar que debemos correr y correr para alcanzar nuestros sueños… pero ellos son irracionales aaaaaahhhhsdlfkvghlsdfg!
Y en ellos podemos VOLAR  ^^
así que es mejor disfrutar cuando quieres caminar.

38 hrs. despierto llevaba el samurái. Por Tetsuko Ieyaosu.

    Es fácil entrar en el otro. No se pide ni se razona, la universalidad va más allá del permiso y del pensamiento, ni se niega ni se afirma, ya estás en dos lugares, en dos mentes, en dos corazones, y cuantos más quieras acercarte a observar. La muy curiosa naturaleza se adopta a sí misma, desmembrada se vuelve a fundir y segrega raíces de luz y crea sombras ascéticas, penumbrosas y hasta abrigadoras (dependiendo de tu cercanía y el grosor de tu visión). Cosechamos árboles comunitariamente, y trepamos por ramas paralelas que podemos compartir con los análogos, y con cualquier contiguo. Tememos prestar pero no es posible, no nos prestamos, nos retroalimentamos. No hay porqué temernos, ya nos conocemos, nos atravesamos en el cielo fugaces e indefensos, pues la defensa es ilusión. Estamos todos juntos en una esfera volando en el espacio, llevamos todos la misma trayectoria cósmica, nos cobija la misma lobreguez y no se puede acechar la calígine, es el misterio infinito, que nos observa respetuosamente y de la misma manera se le debe devolver la inspección, multiplicado exponencialmente el asombro (razón por la cual no hay cese para la creación). Ni plaga ni virus, somos un exponente, un grito conjunto, y apenas un pestañeo efímero para Horus. No podemos robarle la guadaña y mucho menos apoderarnos de las gónadas del “hijo” incestuoso de Gea. Aquel que carece de progenitores no está vivo ni muerto, es eterno, es libre, es el viento, eres tú, eres yo, somos todos, todos toman, todos dan, no hay caso en no admitirlo, o saberlo.