El camino de las bestias. Por Anónimo.
Doctor Gálvez, Ciudad Universitaria, Centro Cultural. Me paré de mi asiento, esperé sólo un poco y el movimiento de vaivén que provocó el frenado me indicó la llegada. Salí del camión. Una señora encargada de la limpieza parecía ser mi única compañera en el andén. Guardó algunas cosas en su locker mientras yo seguí mi camino. Vi el reloj. Eran las seis y media de la mañana.
«Tal vez platique con alguien del salón en lo que espero la clase. Debo organizar mis trabajos en equipo, entregar mis tareas atrasadas y participar más en historia.» Todos estos pensamientos cruzaban mi mente como liebres al pastizal.
Subí las escaleras que se encontraban al final del andén. Éstas conducían hacia un puente que conectaba al metrobús con la Universidad. Estaba formado por dos rampas que se cruzaban formando un zigzag. En medio, el susurro de los coches que transitaban en Insurgentes me recordaba que seguía en la ciudad, selva salvaje domada por la soledad y el silencio del puente.
Cemento y barandal. Ni una sola persona a lado mío. Sólo me quedaba el recuerdo de aquella trabajadora en el andén. Volteé para atrás y nada. Delante de mí, nadie. Pronto llegaría a la escuela y tendría que seguir con los planes del día.
Iba en el último tramo del puente. No más zigzag. Sólo diez metros rectos, sólo una última rampa.
— ¡Dame todo lo que tengas! —
Un brazo cruzó sobre mi cuello. Detrás, un cuerpo sorprendió al mío. Inmediato a la orden y a mi sorpresa vi de reojo un pedazo de rostro y una capucha de sudadera enfurecida que me gritaba, de la cual un cuerpo obeso se escondía.
Me aventó con fuerza. Tiró de mi cuello con ese brazo tosco, con esa figura robusta. Tiró de mi cuello y caí al suelo.
— ¡Claro que te doy mis cosas!— Pensé o dije, no recuerdo.
Yacía boca arriba sobre el cemento. Todo fue muy rápido. Llegó, me gritó y me azotó. Enseguida me tomó de los brazos con esa fuerza que no espera, esa fuerza de quien no ama y no conoce lo que toca, y me volteó boca abajo.
El golpe y el desconcierto me impidieron que hablara. No recuerdo otra cosa más que mi quietud. Mi cuerpo menudo sobre el puente. Mi imposibilidad de quitarlo de encima. Mi inmovilidad.
Comenzó a tocar mis bolsillos traseros como buscando algo.
«Yo nunca guardo cosas ahí» Pensé.
Él me seguía tocando. Los segundos se alargaron. El vacío del lugar se hizo agudo. La noche no cedía para que el día lo reemplazara. ¿Por qué me había golpeado? Yo le iba a dar mis cosas. ¿Por qué no paraba de tocarme si no había nada en mis bolsillos?
Sentí cómo mi pantalón se recorrió de mi piel. Sus manos tiraron un poco de él. Mi piel, unos centímetros de ella, estaba expuesta como carnada para león.
«Por favor que termine. Por favor, sólo quiero ir a la escuela.» Pensaba.
¿Qué más podía hacer? Tenía una bestia feroz encima de mí. Dicen que cuando te ataca un oso lo primero que debes hacer es quedarte quieto. Sólo así el oso piensa que estás muerto y se va. Sólo fingir muerte, ser inmóvil, esperar a que se vaya.
Su mano o mi fuerza, tal vez una mezcla de ambos, jaló de mi brazo para que me incorporara. Sin saber qué hacer y aturdida por el golpe pensé que me dejaría ir, que todo había acabado.
—¡Dame tu celular y todo lo de valor!—
Estábamos frente a frente. Parados a treinta centímetros de distancia. Él era un hombre alto, como de un metro con setenta. Ancho, obeso, macizo en términos locales. Sus ojos, mis ojos, nuestros ojos mirándose.
—¡Ya te dije que todo está en mi mochila!— Grité enérgicamente sin mover mi mirada de la suya. Más que un grito fue un rugido, un golpe de palabras que utilizó mis manos como signos de admiración. Le extendí mi mochila para que se fuera tal como tirándole lejos un pedazo de carne a un lobo, porque en ese momento el era eso: un animal.
—¡Pues vete y si volteas te doy un tiro corto! —
Me volteé y comencé a caminar. Mis pasos iban pesados. Como si hubiera estado en un lago con lodo y éste se hubiera secado.
—Ya pasó. Estás bien. Ya pasó— Me repetía yo misma en voz alta.
En ningún momento quise voltear. Tuve miedo de que me siguiera viendo. Mis pasos pretendían no alertar la furia de la bestia de casi treinta años que me había quitado la paz.
Llegué a la parada del pumabús. Sólo había una joven esperando el camión. Yo seguía repitiéndome “ya pasó”, pero ahora sólo en mi mente. Toqué el botón de emergencia pero al parecer no servía.
—Me acaban de asaltar— le dije con un sismo en la voz mientras trataba de sentarme en los asientos de la estación.
—¿Y estás bien?— dijo ella.
—Creo que sí, me duele la cabeza. Me golpeó muy fuerte. —
—Ahorita llega el camión y si quieres te doy dinero para que te regreses a tu casa. —
Llegó el camión. Me subí con un poco de dificultad.
—Me acaban de asaltar— le dije al chofer.
— ¿Quieres que te lleve a vigilancia?
—Sí, por favor. — Le dije mientras las miradas de dolor y pena de dos personas se me unían.
El chofer paró el camión. Me tomé de su brazo y me ayudó a cruzar la calle. Una cabina en el medio de la nada me recibió. Ocho personas me rodearon. Una me ofreció asiento en lo que otra llamó a los paramédicos.
—Sí.. la violencia está muy fuerte. Pero estás bien, ya estás aquí— dijo una señora cerca de mí.
Pasaron varios minutos, ellos sólo me miraban.
—¿Alguien me puede prestar un celular para llamarle a mi familia?—les dije.
— Sí, ten. — El jefe de vigilancia me extendió un celular moderno, de esos que tienen de todo.
Nadie contestaba en mi casa. Decidí dejarles un mensaje. Respiré profundo y fingí la voz más tranquila que pude.
—Mamá, soy yo. Estoy bien. Me acaban de asaltar pero ya estoy con los de vigilancia UNAM. Te llamo cuando pueda. —
Pasaron más minutos. Las mismas caras de simios seguían sobre mí como si vieran un animal golpeado, un objeto extraño, algo que les causara mucho misterio. Comenzaron a hacerme preguntas y consejos incómodos.
—¿A dónde ibas? ¿Ibas sola? Ya ves, ya no vayas sola. —
—Oigan— interrumpí. — ¿De casualidad no piensan mandar a alguien para que vigile si sigue ahí el que me asaltó?—
—¡Uy! Es que te tocó el cambio de turno. No hay nadie para que vaya. — Me respondió el encargado y las otras siete miradas se ocultaron de mi rostro.
Les pedí una pluma y un papel. Comencé a escribir y en eso llegó la ambulancia. Llegamos al centro médico de la Universidad. Un doctor, quien tomó mis lesiones como algo cotidiano, me atendió. Pasé a que me hicieran rayos X del cráneo y ya en el laboratorio una mujer, cuya voz acariciaba como brisa de cascada, me dijo: —No te muevas pequeña.— Al escuchar sus palabras lancé un sollozo, la melancolía inundó mis ojos y tres pequeñas gotas escaparon esperando encontrar en esa voz el encuentro humano que hacía varias horas no tenía.
—Es normal que vengan heridos por asalto. Incluso llegan muchos casos de jovencitas violadas. Te recomiendo que vayas a la escuela y tal vez ahí se te quite el susto. — Dijo el médico.
Mis compañeros, mis tareas, las clases que no pude tomar. Todos esos planes que de un minuto al otro se perdieron ahora parecían lo más importante que no había podido hacer. De pronto, se acercó una mujer. Su cuerpo transmitía los efectos de la rutina: cabello corto y un tinte rubio rugoso, maquillaje que pretendía esconder ojeras, frustración e indiferencia; lentes cuadrados que ocultaban esperanzas y cariño.
—Soy la abogada de la unidad jurídica de la UNAM. Tienes posibilidad de denunciar lo que te ha sucedido, pero si no quieres no hay problema. ¿Quieres hacerlo? — dijo mientras se acercaba a mí con una papeleta.
Accedí. Nos subimos en una patrulla de la universidad. Otra vez estaba sola junto a algo parecido a personas. Metrobús, ambulancia y ahora en una patrulla.
—¿Saben?— Les dije. —Tal vez a ustedes les pasa como a los doctores. Ellos como ven tanta sangre ya no sienten nada cuando a alguien le pasa algo. Así, como ustedes ven tantos casos sólo ven eso, casos. — Les hablé a la abogada y al chofer el cual me respondió de inmediato. —A mí sí me duele que pasen estas cosas. Tengo una hija de tu edad y no me gustaría que algo le pasara.—
Llegamos a una nueva jaula. Animales en traje de aquí para allá. La jefe en investigación vestida, de tacones a cabeza, con los colores del jaguar.
—Buenos días licenciada.— Se dirigían todos hacia la abogada de la UNAM. Parecía que poco a poco mi figura se desvanecía. Un camuflaje humano me hacía invisible y ahora yo pasaba a ser parte del entorno. Entre papeles, sillas de plástico y muebles de oficina mi ser no merecía mirada alguna, era demasiado común.
Pasaron dos horas. Horas lentas, horas en las que mi abogada disfrutaba del internet de su celular mientras yo trataba de imaginar a mi familia, a mis amigos aburridos en clase y lo que haría al salir de ahí.
—Podrías comparar la insensibilidad del asaltante con todos los que te atendieron hoy, sólo que ellos se creen buenos, se creen humanos. — Al terminar de decir esa frase, mi hermana destrozó el disfraz de prudente y cientos de lágrimas corrieron a abrazarme.




